Nacer en una pequeña población pinariega y vivir en ella hasta los ocho años marcaron, como no podría ser de otra forma, el discurrir de mis años ulteriores.


     En ese universo próximo, de apenas 1.000 habitantes, aprendí los valores inalterables de la convivencia, la amistad, la hospitalidad y, sobre todo, del amor a la libertad, en un marco de diario contacto con una Naturaleza, casi primigenia.


     A cincuenta metros de mi casa estaba un cine donde comencé a educar el ojo, a través de las imágenes, tres veces por semana, con los clásicos en color y blanco y negro. Unos familiares llegaron un día del extranjero con una cámara coreana, de la marca Kalymar. Me fascinó su envoltorio en cuero marrón, su lente de cristal y el sonido del click de disparo cuando el obturador dejaba pasar las imágenes, condensadas en un fugaz momento. Pura magia alquímica, revivida luego con emociones distintas, al contemplar las copias en un artesano copiado de blanco y negro. Con el discurrir del tiempo estas primeras impresiones de mi primera infancia serían el leit motiv de mí hacer fotográfico.


     Desde ese San Leonardo (Soria) natal hasta mi primer encuentro vocacional con la fotografía en Londres (1.978), viví en la espiritual capital soriana.
Estudié el bachillerato en el I.E.S. Antonio Machado. Con la esencia del poeta me reencontraría en la capital londinense, visitando salas de exposiciones con personas sensibles, que abrieron mi alma a otras esferas, hasta entonces dormidas o reprimidas.


     Al regreso de Inglaterra estudiaría fotografía en Valencia y Madrid, montaría un estudio-galería en Soria capital con mi compañera y fotógrafa Teresa hasta que abordamos la aventura de vivir en Canarias cuatro intensos años. Después regresaríamos a Soria desde donde, intermitentemente, viajaría por la geografía española y una veintena de países en distintas actividades que me permitieron hacer un retrato humano y paisajístico del planeta, bastante nítido. A mediados de los noventa hubo un ciclo de sequía prolongada. Apenas llovía. Metáfora de mi vida de aquel período. Un día, con la luz vespertina, tomé una fotografía de una gota de agua como arquetipo del microcosmos. La presenté a un concurso de fotografía internacional. Gané. Fue un guiño del destino. Desde entonces me dejé llevar, con más vehemencia, en el río de la vida, con una cámara debajo del brazo. La experiencia ha sido enriquecedora y gratificante. Un cuerpo a cuerpo con la existencia como regalo, que me hace sentir vivo, en estos tiempos tan convulsos. Siempre desde Soria, como espacio irrenunciable. Siempre, al lado de Teresa, compañera de viaje. Con mis luces y mis sombras. Y, siempre, en la retina aspectos fotográficos que me humanicen. Sin limitaciones temáticas (todo ayuda a crecer) pero con absoluto respeto y profesionalidad. Con flexibilidad mental y espiritual. Con libertad. Con el recuerdo de mi patria. Con el recuerdo de mi infancia feliz.

 

 

 
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